No me quejo de que las palabras sean fáciles de decir. Lo que sucede es que la soledad es perra, y más cuando te pide cambiar una postura segura y cómoda, tanta comodidad sofoca, y no sabes si declararte jodido o cambiante.
Caminaba por la calle de noche justo en medio del contraste del rojo de los faros de la calle con el azul oscuro del cielo, la luz roja parecía Haver traído un viento curiosamente calido en el frío ambiente, el sonido de las piedras, tierra en los pies, las suelas estirándose entre las hendiduras del pavimento.
Seguido por el sonido hipnótico de la calle que diariamente recorro, podría incluso recorrerla con los ojos cerrados. Antes buscaba túneles entre postes bajos y ramas torcidas, esperando una canción, un paso, una vuelta a la esquina en la que me encontrara un billete de lotería, me cayera un rayo, o la mujer de mi vida. Unos ojos nuevos, la oportunidad de dejar de ser lo que me rodea.
Pero ahora me conformo con recorrerlo muy distraído, satisfecho, sabiendo que no habrán esquinas o vueltas mágicas, sino que el cambio de vida vendrá de frente con una sonrisa chueca. Sería incomodo pensar que viene por detrás, así quien puede caminar, cuando ese pensamiento llega a pasar por mi cabeza, a cada diez pasos volteo.
A veces me veo forzado a tomar caminos nuevos por no perder la vista al frente, en esos no paro de voltear a todos lados, me detengo al ver cosas brillantes; botellas rotas, latas, tornillos, dientes blancos en la oscuridad, todo metal es dinero, toda protuberancia en el suelo es un cadáver, todo bache es un pozo sin fondo. Me detengo tanto que difícilmente se puede llamar caminar, así que busco y no me preocupo, pues después de todo soy bueno para caminar.
Las ruedas hacen tanto mal, todo pasa muy rápido, sin tacto, amenos de que estés bajo una llanta puedes disfrutar el ignorar los pasos a futuro. En cambio recorres arrogante todo el camino, disfrutando pasar rápidamente las curvas, ya el placer son las luces que destellan velozmente; ahora sueñas con encontrar un punto ciego, una velocidad máxima, comprobar la potencia de tu falta de tacto con el padre suelo.
Mira al cielo porque no te pide nada, solo ofrece el placer a la vista, los hombres sin tacto intentan atravesar las nubes, no quieren sentir la suavidad así que se las imaginan inalcanzables a la distancia de sus manos.
Desde pequeños fueron aprendiendo a estirar las manos, pensaban que tenían sabores distintos a azúcar. Más grandes, a sensaciones de descaso. Más jóvenes, a carne. Mas adultos a sueños perdidos y mas avanzada la edad. A descanso eterno. Nunca fue nada de eso pero fue tan fácil siempre imaginarlo.
La imaginación a veces nos ayuda a construir puentes donde no los hay.
El mundo no es una obra completa, es en realidad una dosis imaginativa en tiempo real, mas no existen sobredosis de imaginación, existen destellos de ella que nos ayudan a movernos en una dirección. A veces con la esperanza, de que el momento se disfrace del pasado, y se vuelvan a mezclar los olores con los recuerdos ya escondidos de los ojos, dominados por otras sensaciones producidas por lo inexistente.
Es delicioso, ir por el borde de los recuerdos que quizá jamás existieron. Recuerdos de puntos de la vida probados en vilo. Lugares de aquellos extraños recuerdos nada lógicos, que superan incluso a las mejores experiencias de vida; mezclados entre el sueño y la probabilidad de que pudo haber existido un sitio. Quizá no en México pero si en Panamá, Perú o en algún canal documental, aparecerá esa tierra en la que creíste estar alguna vez, con esas gomosas sensaciones, esos azules profundos y ventiscas saladas.
Entonces hay un duro y seco destello, regresas a la vida, los pies son más pesados, la cabeza ya no flota. Tus pulmones se tienen que estirar, dices estoy vivo,
Estoy tan vivo, gritas, los pulmones se expanden, la tierra ahora es sucia, las personas son amenazantes y los colores son más pálidos. Se acabaron los contrastes inexistentes de las fantasías inmemorables. Pero no es acaso bello eso,
Bello que sea pálido cuando fue vivo antes, que la música del habiente no respete el pasar de tus experiencias,
Que las situaciones pasen a destiempo en la calle sucia, llena de vapor humano. De olores, de asfalto y smog, llena de árboles dando enormes bocanadas, de silencios frenéticos y ruidos armónicos, de ratas en alcantarillas, monedas en el suelo y gente recogiéndolas a prisa a la mitad de la calle.
Atuendos manchados, desayunos económicos, café barato de escupitajos a sollozos, de gritos bajo toneladas de cuero y maquillaje.
Llena la ciudad de seres humanos, frustrados porque el cemento no se los come igual que la tierra, pájaros de hojalata enjaulados en una trinchera arquitectónica.
Sexo en casa de la abuela, rompiendo los manteles acabándose los guisados, estando borracho de salir y ver al frente, que todo se mueve en el mismo nivel que el tullo. Un movimiento lento, dulzor, como una oruga caminando por miel, y pasa a ser succionada por los labios de un chimpancé.
sonido desátanos, impresionables pero continuos, como los perros cagando en plantas, que cagan en cemento, cemento duro, que baja toma vuelo y haciende retador al viento, esperando a otro humano que decida tumbarla al mismo tiempo que la construyo.
Aquí entra de nuevo la imaginación de los hombres
Poco educada, algo indecente, atropellado, demasiado grande e inocente como para ser culpada. Pero desafortunadamente no es colectiva, viaja por los cielos, los suelos y los zapatos de colores la pisan. También pasa por sombreros y patas de palomas, pero no por otras mentes es muy respetuosa y brusca si algún día pudiera pasar por error, reventarían las cabezas. Lo que si pasa es la esperanza, la fe esa si no respeta, todos tienen una esperanza colectiva, la fe es pequeña y delicada por fuera pero se expande dentro de las cabezas.
En la busca, de una profunda belleza, encuentro una lengua que se habla por inercia, una sincronía in táctil, donde al tratar de abrir una puerta que debe permanecer cerrada terminas atrapado en el filo de la cerradura.
lunes, 9 de febrero de 2009
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